Estos días navideños, además del ruido del centro de Barcelona colapsado de compradores compulsivos (y los resoplidos de Marta por tener que compañarme en mis compras navideñas... ¡lo que costó encontrar los regalos de Alberto, eh!), también se oye el silencio en la oficina. Cuando todo se ralentiza, cuando los clientes no te exigen nada y la mayoría está o de vacaciones o de escaqueo (que también los hay), solo oigo el silencio. Sí, sí, se oye el silencio. O al menos el sonido cero que rebota en las paredes de mis oídos...
¿Que por qué os hablo de esto? Porque eso y el charloteo y marujeo es lo único que ocurre estos días por aquí.